viernes, 3 de febrero de 2012

Construyendo una ilusión

La vida los preparó para darles como ofrenda que se encontraran y se enamorasen al punto tal que nunca más quisieran estar uno lejos del otro.

Un carruaje arrastra el camino en el medio de la noche, parece tener prisa, si, prisa, y a pesar de que la noche está cerrada y penumbrosa el chofer no deja de azotar a los caballos para no perder velocidad.

En el interior un hombre de cabello oscuro, peinado para atrás a la perfección, lleva un sobretodo negro pesado encima, camisa blanca con tiradores y unos pantalones azabaches que terminan en unas brillosas botas de cuero. Su mirada es la de un hombre que piensa antes de hablar, que dice mucho menos de que lo que atraviesa su mente.

De pronto el carro se detiene frente a un gran portón de madera de quebracho, casi de dos metros de altura escoltado por un muro de piedra. El chofer se baja de un salto y abre la puerta mientras dice “Señor Constantino, hemos llegado”.

El muchacho toma un bastón de madera con un puño que parece ser de plata y desciende ni decir palabra alguna. Golpea fuertemente el gran portón y espera. Su cara comienza a transformarse, frunce el ceño y golpea nuevamente. Como no recibe respuesta, aprieta sus dientes dando cuenta de su cólera y patea la gran puerta abriéndola de par en par y comienza a caminar a un paso veloz por el lúgubre jardín hasta la entrada de una casa de dos pisos con columnas en los costados y una escalera de piedra lustrosa. La puerta se abre y un hombre calvo de contextura grande comenta: “!Señor Agustín Constantino! ¡Que alegría, no pensábamos encontrarlo por aquí”, a lo que el joven responde:

- Busco a Santiago

- El señor Raimondi no se encuentra por el…

El joven Constantino interrumpe y aparta al corpulento hombre de un golpe e ingresa a la casa hasta que llega a un inmenso living, con una chimenea encendida en el centro que apenas ilumina un sillón de pana verde y el piso de madera. En la poltrona puede descifrarse la figura de un hombre al cual Agustín se le abalanza, lo toma del cuello y logra ponerlo de pie.

Santiago Di Gracia tiene aproximadamente 55 años, de tez blanca, cabello canoso y está vestido con una bata de seda violácea, trata de zafarse de las manos de Agustín pero no puede.

- Quiero que me diga donde está, ahora mismo, sino juro que no la va a pasar bien

- Aguarda Agustín, necesito que te calmes un poco, tomemos algo mientras charlamos

- ¿Acaso piensas que soy un idiota? ¡Quiero una respuesta en este preciso instante!

Mientras tanto Agustín no percibe que aquél fornido hombre que apartó en la entrada había ingresado a la sala con un garrote en la mano. Camina despacio y derriba a Agustín de un golpe que hace que pierda el conocimiento y que se desplome en el suelo.

Todos los años cuando comienza diciembre el pueblo de Boca de la Travesía organiza un festejo llamado Pincha en la plaza central, festejo del cual participan todos los habitantes, desde los más pequeños hasta los más ancianos. Es una de las galas más importantes del lugar, se instalan cientos de faroles con grandes velas dentro, guirnaldas que atraviesan los árboles y se preparan ponches y licores para animar la noche. Ni bien el sol comienza a desaparecer del horizonte los pueblerinos se acercan a la plaza con sus mejores vestidos y trajes, las mujeres con el pelo recogido formando frondosos peinados y los hombres con ternos oscuros, por lo general negros, que visten solamente para la Pincha.

Iniciada la celebración hombres y mujeres bailan al compás de las guitarras y de los tambores cuando, de pronto, la más hermosa mujer ingresa a la plaza, la joven Belén Di Gracia, la doncella más codiciada por todo el pueblo. Llevaba un vestido de color blanco con el cuello drapeado que dejaba al descubierto un hombro y una inmensa rosa roja que le embelesaba el cabello.

Belén logró captar la atención de todos los muchachos del baile, pero especialmente de uno, un hombre que al verla quedó sorprendido mediante semejante belleza, Agustín. El joven Constantino no puede disimular el estallido de su corazón y comienza a caminar lentamente hacia la muchacha cuando su primo Marcelo le corta el paso y le dice:

- ¡Primo no te había visto! ¿Cómo has estado?

- Hola Marcelo, bien, he andado bien, dime, ¿Sabes quién es aquella joven?

- ¿Cuál? ¿La de blanco? Por supuesto que sí, es Belén Di Gracia, vive en las afueras del pueblo con su maquiavélico tío, casi nunca se la ve salir de la casa. ¿Quieres que te la presente? Hemos sido buenos amigos.

- Si por favor, pero tranquilo, no quiero denotar ansiedad.

Marcelo presentó a los dos jóvenes y ambos comenzaron a conocerse, pasaron toda la noche charlando y riendo, como si uno supiera todo del otro. Caminaron por la ribera del río durante un largo tiempo hasta que Agustín no pudo contener sus sentimientos y tomó a Belén de la cintura y la acercó hacia él, le susurró al oído “Desde que te vi quiero besarte”. Los rostros empezaron a aproximarse lentamente, cada centímetro ganado era un disfrute para ambos jóvenes, sabiendo que lo mejor estaba por llegar. De pronto, de entre los árboles aparecen tres hombres que se acercan a Belén, la toman de los brazos y de las piernas arrastrándola lejos de Agustín.

- ¡Espere señor! ¿Qué está haciendo? – Dijo el mozuelo Constantino

- ¡Es mi sobrina y no tiene nada que hacer con usted joven! – Indicó uno de los tres hombres mientras ordenaba que se lleven a la muchacha

- Tío Santiago no estaba haciendo nada, te lo juro, solo estábamos conversando – Argumentó Belén

- Me importa un cómico qué hacían, ¡ya mismo te irás a la casa! – Señaló Santiago

Agustín quedó atónito frente a una situación que mezclaba rareza con violencia. Jamás hubiera esperado que aquella noche terminara así. Reflexionó durante algunos minutos, tomó coraje y corrió hasta la plaza central donde se encontraba su primo, le preguntó dónde vivía Belén, se subió a su carruaje y le ordenó al chofer que a toda prisa vaya hasta la casa de la colina norte, morada de la familia Di Gracia.

Mientras tanto, ya en su cuarto Belén lloraba desconsolada porque su velada había terminado de aquella manera tan calamitosa. Sentía un vacío en el pecho que era muy fuerte, casi irrefrenable. Pensaba en escapar a buscar a Agustín, por lo que se acercó a la ventana, tomó los barrotes de acero que impedían que saliera de la casa y comenzó a hacer fuerza como para doblarlos o al menos aflojarlos, pero los baos eran demasiado gruesos como para que Belén pueda arquearlos.

De pronto sintió un ruidoso golpe en la puerta de la entrada de la casa, asustada, salió lentamente de su alcoba, caminó por el pasillo en puntas de pié y se acercó hasta la baranda de la escalera, desde donde veía a su tío sentado en un sillón a la vera de la chimenea.

Un joven ingresa furiosamente en la sala y toma del cuello a su tío Santiago y lo hace poner de pie. No llega a oír de qué hablan pero se da cuenta de que es una situación más que tensa. En un instante, la luz que emite el hogar deja ver el rostro del muchacho, “¡Es Agustín!”, piensa la joven mientras siente que su sangre comienza agitarse de la emoción.

De pronto, la zagala observa que el matón de su tío, el señor Toole ha salido de las penumbras con una especie de vara o palo en la mano con el que derriba de un golpe a Agustín. La muchacha grita “!No!”, pero se da cuenta de que su tío la descubre y corre de nuevo a su cuarto. Santiago Di Gracia le indica al señor Toole: “Déjelo afuera, después veremos que haremos con él”.

Aturdido Agustín se despierta en las afueras de la casa, en el bosque que tiene la finca. Con mucha dificultad y dolor se pone de pie y comienza a caminar sin saber hacia dónde. Como la noche está totalmente hermética ve muy poco, pero entre los árboles y a unos cien metros observa una pequeña luz por lo que decide ir hasta ella. Mientras se va aproximando entiende que el brillo provenía de un farol en la puerta de una casa insignificante. Con dificultad Agustín se escabulle entre la maleza y observa hacia adentro de la vivienda y se percata de que se trata de el casero de la familia Di Gracia que está recostado en un viejo sillón con una botella de ginebra Bombay en la mano. Aprovechando de la borrachera del criado Agustín toma unas ropas colgadas en una soga, se viste y emprende camino hacia la gran mansión a recuperar a Belén.

Mareado de amor, el pecho de joven se infla y su fuerza se duplica, está sumamente convencido de lo que está haciendo y no le importa las consecuencias, solo quiere llegar hasta aquella muchacha que le ha atravesado el corazón. Se topa con la puerta de servicio y con extremo cuidado ingresa a la cocina del antiguo caserón, se pone un gran sombrero de paja que encuentra colgado de un clavo en la pared y toma una canasta de mimbre repleta de verduras y frutas. Se acerca hasta la puerta y mira a ambos lados, no entiende cómo hay tanta tranquilidad, no ve a nadie cerca, por lo que comienza a transitar el comedor hasta llegar a una escalera de madera color roble con un tapizado de alfombra bordó que es sujetada por unas trabas de bronce. Como es una casa vieja, cada paso que da hace rechinar los peldaños. De pronto, el señor Toole que escuchó los pasos, se aproxima a Agustín y le dice “Ah señor Benítez, luego, cuando se desocupe el señor Di Gracia necesita que ensille a su caballo porque debe salir”. El joven sin voltear asiente con la cabeza y continua escalando hacia el primer piso.

Una vez arriba, lentamente se voltea y se da cuenta de que el señor Toole ya no está, por lo que se relaja, deja el cesto de mimbre en el suelo e inicia una búsqueda cuarto por cuarto, abriendo las puertas con mucha cautela. Al comienzo los intentos fueron en vano, primero un gran baño de azulejos grises, luego algunas habitaciones deshabitadas, una sala con un gran piano de cola y un ventanal inmenso que da al bosque y a la casa del criado. Finalmente entreabre una puerta y la ve a ella, a Belén, que al verlo esboza una gran sonrisa entre llanto y llanto.

Los jóvenes se encuentran en un profundo y sentido beso.

- ¡Shh! No hagas ruido, te vine a buscar, debemos escaparnos

- Es imposible Agustín, mi tío nos va a encontrar y nos va a matar

- No voy a dejarte aquí, te necesito cerca, te necesito conmigo. ¡Vamos! creo que sé por dónde podemos salir

Agustín toma a Belén de la mano y la lleva hasta el final del pasillo que conecta todas las habitaciones, le señala el techo donde hay una soga con la punta decorada con un plomo. El muchacho tira de cuerda y una puerta se abre dejando deslizar una escalera de madera que se despliega lentamente hacia el suelo.

Luego de ascender, ya en el ático de residencia, Agustín toma algunas sábanas viejas y recortes de tela que anudados los arroja por la ventana. Los jóvenes comienzan a descender casi sin reparar la altura que los separa del suelo, tratan de no hacer ruido, ambos están inundados en adrenalina, casi no sienten el esfuerzo que están haciendo.

Una vez en el suelo, Agustín toma nuevamente de la mano a Belén, la mira a los ojos y le dice: “Confía en mí, ¡vamos!” y comienzan a correr por la parte de atrás del caserón hasta llegar a donde Santiago Di Gracia atesoraba a un caballo árabe de un profundo y brilloso azabache, lo ensillan y comienzan a escaparse por el interior de la estancia, atraviesan la tranquera y sienten el alivio, las cadenas se han cortado y sus corazones se inscriben con presteza en una intensa libertad.

Nunca más se los volvió a ver, algunos dicen que han construido una casa en Las lajas donde viven felices lejos de la tiranía de su tío, otros que han viajado hasta Buenos Aires y que ahora están próximos a casarse…

lunes, 26 de diciembre de 2011

Rumbos

Rumbos

No me puedo dormir. Prendo la tele todo me parece aburrido. Me levanto de la cama, camino hasta la cocina y tomo Coca del pico, así como me gusta.

Voy al baño, y cuando salgo Malvina me está mirando, como si tratase de entender qué pasa por mi cabeza, lo que ella no sabe, o no comprende, es que no sé porque me está costando dormir, ayer me dormí como a las cuatro de la mañana, hoy ya son las dos y estoy acá escribiendo, tratando de dejar el insomnio y mis pensamientos atrás. No pienso en nada particular, simplemente pienso, como así ahora simplemente escribo, intentando dejarme ir.

Y eso hago, me fui.

Me puse una remera y salir a caminar, la noche está desolada y bañada en una nube de plata, vaporosa. Camino por Virrey Arredondo hasta la plaza que está sobre Álvarez Thomas. Intenté ingresar pero la plaza estaba cerrada, por lo que seguí caminando hasta la esquina. Allí, sentada en el cordón de aquella oscura y desolada vereda, me encontré con una mujer de unos 55 a 65 años, de cabello oscuro y prolijamente recogido, con un vestido gris con ciertos tonos, en retazos, de negro que me miró y me sonrió. Al principio pensé que era una prostituta en busca de acción, pero me di cuenta de que estaba descalza, escena por la cual mi noche comenzaba a complejizarse.

La mujer miró sus pies desnudos y se rió con una pequeña carcajada, casi como si la estuviera conteniendo. Le pregunté, por qué no llevaba puesto nada en los pies a lo que me dijo:

- Es mi mejor forma de estar conectada

- Conectada ¿Con qué? – Pregunté inmediatamente

- Conectada con el suelo, con la tierra, con todo lo que nos rodea

- Y… ¿Para qué necesita eso? – Indagué pensando que se trataba de una pobre mujer que deliraba por las noches

- Para sentirme bien, así me siento feliz, me recuerdan que mi vida va más allá de éste mundo que nos tocó. ¿Nunca pasaste una noche entera a la intemperie? – Me consultó la mujer mientras señalaba con su mano formando un abanico el cielo.

- Si una vez y hace mucho de eso, casi tanto que no me acuerdo.

- Mirá, acostaste así (la mujer se acostó en la vereda). Tranquilo, no pasa nada, con lo grandote que sos no vas a tener miedo de esta vieja.

Me acosté a un metro y medio de la mujer, no podía razonar si la señora descalzada estaba realmente loca o quizás realmente convencida.

- ¿Y?, ¿No sentís nada? Hacé de cuenta que esa luz de ahí no está, que los autos que pasan no hacen ruido. Sentí el suelo como te abraza, es la naturaleza la que te está hablando, susurrándote al oído, algo como “hola, acá estoy, no te olvides de que existo”

Realmente no sentía nada, pero la convicción con la que hablaba esta mujer y una gran intriga me empujaron a avanzar con la conversación.

- No siento mucho – Dije casi en una voz apagada – Lo que me asombra es la cantidad de estrellas que se ven desde acá

- ¡Eso!! Ya va queriendo, ¿Ves? Esta zona no tiene nada distinto, nada en particular, sos vos el que se está abriendo, el que está quitándose la venda de los ojos. Mirá para allá – me dijo señalando con el dedo hacia una esquina del cielo que estábamos viendo. ¿No encontrás nada?

- A ver – comenté entrecerrando los ojos – veo estrellas, más estrellas, no, no veo nada loco, digamos

Ni bien terminé de decir esa frase vi una pequeña estrella que titilaba más intenso que el resto. Una luz que cambiaba de blanco a rojo, me costaba de alguna manera hacer foco, ya que la estrella perdía su intensidad, o quizás yo era el que perdía intensidad.

- ¿Sabe que veo una estrella que cambia de color? Pero la pierdo de vista, como si de a ratos se apagara.

- Así me gusta, terminaste siendo un chico más despierto de lo que parecés, digo, sin ofender. Lo importante es que puedas ver más allá, no todo es tan material como uno lo siente, lo percibe. Hay una infinidad de elementos, de cosas, que uno se pierde por estar embobado en el día a día, te lo digo yo que fui durante 30 años escribana, con papeles de acá para allá, con firmas, con contratos. Un día me desperté y no podía escuchar nada de un oído, imagínate, me asusté a más no poder. Fui a varios doctores y no me encontraron nada, se llenaban la boca con charlatanería de cuarta, que podía ser estrés, un virus o simplemente la muerte súbita de mi oído.

Cansada de todo, ¡Y de todo en serio! Me fui al cerro Cruz de Caña en Mendoza…

Interrumpí vertiginosamente el relato de la mujer y dije: ¿Mendoza? Justo este año tengo planeado irme de vacaciones con un amigo ahí.

- ¡Muy bien! ¡Te va a encantar! A mí me llevó mi hijo, que le gusta subir a toda montaña, cerro, que se le cruce. Bueno, resulta que subimos al cerro, yo estaba abatida por tanto ejercicio, pero con varias paradas llegamos a una especie de planicie en el medio del cerro. Un recoveco que nos refugiaba del viento gélido que por ahí soplaba. Nos quedamos un largo rato, retomando fuerzas, en silencio, contemplando todo el paraíso que nos rodeaba. Tuve la sensación casi natural de recostarme, así como estamos vos y yo. Cerré los ojos y empecé a sentir los ruidos que hacía el viento, el rodar de la nieve, sentí un fuerte temblor en mi pecho hasta que una piedrita que se ve que se deslizó de alguna parte, cayó justo encima de mi cabeza. De un sobresalto me levanté, entre asustada y emocionada. Ahí mismo se entrelazaron en una fábula todos aquellos sonidos que yo estaba escuchando con lo que estaba observando. Era algo mágico, pude ver cada detalle, cada cristal de la nieve, como la arenilla se deslizaba sobre mis manos. De pronto, todo se iluminó para mí, estaba realmente conectada con la naturaleza, tan conectada que no me había dado cuenta de que estaba escuchando con los dos oídos. Si, ¡Con los dos!

A esta altura, sentí que aquella señora me estaba ofreciendo una muy buena historia de ciencia ficción, con una parte dramatizada desde la vereda de una plaza de la Capital. Yo solo asentí con la cabeza. Me levanté muy despacio, y le dije:

- Gracias por la charla, fue un tanto extraña para estas horas de la noche, pero de seguro de algo me servirá – Hice una pausa, extendí mi mano y continué – Por cierto, Tomás, un gusto.

La mujer se incorporó y expresó: Ah, Tomás! Flora, el gusto es mío.

Nos estrechamos las manos, nos sonreímos y yo volví caminando nuevamente hasta mi casa.

Llegué un tanto asombrado por la extraña vivencia que había transcurrido en aquella plaza. Fiel a mi instinto, comencé a investigar un poco sobre el cerro Cruz de Caña, la ubicación, cómo llegar, etc. sobre todo para tratar de averiguar si Flora estaba diciendo la verdad y si realmente existía tal cerro, hasta que me detuve a leer una nota sobre Mendoza en general, donde un joven dejó el siguiente comentario, el cual me motivo. Siendo las tres y media de la mañana, a escribir todo este relato:

Nos encantó el cerro! Nos quedamos con mis amigos una noche en carpa, fue sorprendente, a pesar de que hacía mucho frío, vimos bajar desde lo más alto una mujer, que se nos presentó como Flora, charlamos un largo rato de cualquier cosa, cualquier tema. Era una mujer muy cálida, nos transmitió mucha serenidad. De pronto se paró, se despidió y comenzó a caminar hasta que se perdió en la noche. Al otro día un guardaparque nos contó que hace más de 50 años, una mujer escalando con su hijo murió a causa de una avalancha. La misma se llamaba Flora Santenci, y muchos vecinos del lugar afirman que hoy siguen viéndola caminando por el cerro y celando por hábitat que los rodea…

miércoles, 11 de mayo de 2011

Rescate en el Centro Matienzo

La historia que voy a contar ocurrió hace ya algunos años. Para preservar la identidad de las personas, no utilizaré los nombres reales.

Transcurriendo el ‘96 Nicolás estaba sentado en el aula doce esperando a que llegara el docente de una materia de su carrera de abogacía. Dibuja sobre un trozo de papel que encontró en el suelo, al parecer su mano y su mente están desconectadas, no sabe qué dibuja, una especie de reloj de arena y al lado un remolino intensamente negro que está marcado bordeando al reloj.

De pronto una joven ingresa por la puerta, una joven a la cual Nicolás no puede quitarle la mirada de encima. Es una chica de unos 24 años, como él, morocha, y está vestida con un jean, remera negra con las mangas sueltas y unas sandalias de cuero que abrazan sus pies. Carga algunos libros y un cuaderno consigo que tiene con su antebrazo izquierdo. Nicolás la mira como si estuviera por sacarle una fotografía, como si no quisiera olvidarse nunca de ella. La chica se sienta del otro lado del curso, a la misma altura que su anticipado admirador pero no repara en él.

En ese momento ingresa el docente a la clase y comienza a hablar sobre el tema del día. El profesor les habla a todos, pero solo uno no está atento y ese es Nicolás, que solo puede pensar en aquella joven y del modo al que incurrirá para acercase a ella, para iniciar una conversación.
La clase termina y la joven se levanta y dado que está más cerca de la puerta se retira antes sin que Nicolás pueda emitir sonido alguno, por lo que durante una semana el muchacho luchó enérgicamente contra su ansiedad.

A la semana siguiente está atento en la puerta del curso, mirando para ambos lados del pasillo para ver si llega ella. La clase comienza y todavía no ha aparecido. Nicolás pasa algunos minutos afuera hasta que se desanima porque entiende la posibilidad de que ese día no vaya a cursar, pero una duda revolotea en su cabeza, y a su vez lo aturde, ¿Y si dejó la materia? No la vería nunca más, ¿Cómo haría para volver a encontrarla si ni siquiera conocía su nombre?
Abatido ingresa al curso y se sienta sin hacer mucho ruido para no interrumpir la clase, saca su cuaderno y se le cae el papel donde había dibujado esa especie de reloj de arena o figura similar. La toma del suelo, la mira intentando entender qué había dibujado, pero como no tiene éxito lo guarda en la mochila. En ese preciso instante ella ingresa y como si algo la guiase se sienta al lado de Nicolás que la estaba mirando atónitamente. La joven da cuenta de su compañero y le esboza una simple pero cálida sonrisa.

Pasa aproximadamente una hora y media hasta que la clase termina. Nicolás había gastado una gran parte de ella en pensar cómo le iba a hablar, y por sobretodo qué le iba a decir, tenía que tratarse de un argumento suficientemente consistente para entablar una conversación y que no acabe en un simple sí o un no por parte de ella.
Mientras guarda cada uno sus cosas, él toma valor y le dice “¿Te hago una consulta? ¿Sabés cuando es el parcial? Porque estoy medio perdido. La joven lo mira y nuevamente con esa sonrisa que lo deshace lentamente le dice:
- “Si, es el 23, igual no te preocupes porque yo también estoy medio perdida”.
- “Bueno me alegra no estar solo en esto. ¿Cómo es tu nombre?”
- Daniela, ¿El tuyo?
- Nicolás. ¿Te estás yendo? Yo tengo que hacer tiempo para entrar a otra materia, si querés nos tomamos un café en la esquina y nos seguimos amargando por como venimos con esta materia.
- Bueno dale, me va a venir bien despejarme un poco.

Nicolás no tenía que cursar otra materia, de hecho disfrutaba salir disparado de la facultad para llegar a su casa y ponerse cómodo, pero esta vez la situación ameritaba.

Ya en el bar Daniela le cuenta de su vida a Nicolás, como que no era de Capital Federal, que vivía sola, que le gusta escribir y tomar mate en sus ratos libres. La conexión fue inmediata entre ambos y lo sabían. Luego de tres horas hablando el muchacho le pregunta a la chica que si quiere que la acompañe a su casa, momento en cual ella le pregunta:
- ¿Pero no vas a ir a cursar?
- No, no voy. Bueno, la verdad es así, no tengo que cursar, pero como quería invitarte a tomar un café me salió decir eso.

Ambos jóvenes sonrieron y se fueron caminando hasta el auto de Nicolás, quien con extremo júbilo llevó a Daniela a la casa. Una vez arribados, siguieron charlando un tiempo más dentro del vehículo, hasta que el muchacho se acercó a ella y tiernamente le entregó un beso. Aquel beso que había pensado, aquel beso que estaba dispuesto a conseguir al más alto precio.

La relación tomo una forma más intensa, y ambos jóvenes se empezaron a ver más seguido, salían juntos, compartían tardes enteras tomando mate en una plaza, hablando de la vida, de uno y del otro. Pasaron algunos meses hasta que un día ella lo llamó a Nicolás por teléfono y le dijo que no quería estar más con él, que tenía otras cosas en la cabeza y que no podía ocuparse teniendo una relación.

Nicolás sin entender mucho y sin poder hacer mucho, aceptó la triste realidad y quedó completamente dolido. Al principio trataba de pensar en qué había fallado, pero con el correr del tiempo se dio cuenta de que el problema estaba en ella y no en él.

Pasaron tres años hasta que el destino los volvió a cruzar en un pasillo de la facultad, comenzaron a charlar pero Nicolás notó algo distinto en ella, como si su alma se hubiera apagado, como si su corazón hubiera dicho basta. Daniela había perdido la sonrisa, aquella que la primera vez había derretido a Nicolás. Su mirada se notaba triste, como si algo la invadiese por dentro. La conversación no se extendió más, ella no tenía predisposición para hablar y al notar esto Nicolás la dejo ir.

Esa misma noche, mientras el joven dormía, sintió como si haz de luz pasara por delante de sus ojos. Se levantó rápidamente de la cama, miró para ambos costados y pensó que había sido simplemente un sueño. Se acostó nuevamente y cuando cerró los ojos, sintió nuevamente aquél destello de luz que lo iluminaba e instantáneamente se sintió sumergido en una calidez que relajaba su cuerpo. En su mente fugazmente pasaron imágenes de su infancia, de su familia, como si su memoria estuviera proyectando un film sobre su vida y sus vivencias, hasta que de pronto, una sola imagen ocupó toda su atención. Una imagen que permaneció durante diez segundos inmóvil, era Daniela sonriendo.
Nicolás entendió que era por ella por quien debía bregar, era a aquella Daniela a la que tenía que traer nuevamente, y librar de la oscuridad que la rodeaba.

Al día siguiente, el muchacho se acercó hasta la parroquia donde había tomado la primera comunión y hablo con el padre Juan Ignacio, conocido en el barrio por su estrecho contacto con el más allá. Nicolás le contó con detalle la serie de sensaciones que había tenido la noche anterior a lo que el cura indicó:
- Mirá Nico, por lo que me estás contando alguien quiere darte una mano, quiere abrirte los ojos, y al parecer es en esta chica en quien tenés que enfocarte.
- Es muy raro, porque a Daniela hace como tres o cuatro años que no la veía, pero justo anoche…
- No, no es raro si justo la viste ese día, ¿Hablaste?
- Si, un poco pero estaba re distinta, re apagada, como si le hubieran desenchufado los sentimientos.
- Tenés una foto de ella?
- Me da un poco de vergüenza pero si, cuando nos conocimos me regaló una foto cuatro por cuatro que jamás saqué de la billetera, tome.

El padre al tomar la foto cierra los ojos con fuerza y se toma la cabeza con una mano.
- ¿Qué pasa? ¿Se siente bien?
- Tenemos que ayudarla Nico, por favor, el viernes andá a esta dirección a las siete de la tarde, me tengo que ir.
El cura anota una dirección en un pequeño papel y se retira de la habitación velozmente. Nicolás se queda sin entender mucho y con más preguntas que antes.

Llegado el viernes Nicolás está parado frente a la puerta del Centro Cultural Matienzo, ubicado en la calle que lleva el mismo nombre. Duda por un momento en entrar hasta que toma coraje e ingresa. Dentro lo esperaba el padre Juan Ignacio y cinco personas más.
El cura lo toma del brazo al muchacho y le dice:
- Hola Nico, pasá que no tenemos tiempo, te presento a cinco de los mejores investigadores místicos y religiosos de la Argentina, los señores Rapetti, Castro, Usingui, Mendoza y Padruig. Estuvimos hablando al respecto y creemos que Daniela necesita tu ayuda inmediata.
- Pero explíqueme, ¿Qué tiene?
- Una fuerza oscura se apoderó de ella, no sabemos si es maligna, pero sí que le está eclipsando el corazón y la está apagando por dentro. Si sigue así va a perder el juicio, el sentido de la realidad.
- Bueno ¿Y qué tengo que hacer?
- No podemos solos Nico, vamos a tener que pedirle ayuda a quién te visitó la otra noche.

Entre todos comenzaron a cerrar las persianas, a prender velas y a sentarse frente a una mesa redonda tomados de la mano. El señor Rapetti tomó el mando de la situación:
- Ser de luz necesitamos que te hagas presente, que nos des una señal de que estás con nosotros. Una persona allegada a nosotros ha sido invadida por la oscuridad y necesitamos de tu ayuda para rescatarla.
Pasaron aproximadamente veinte minutos y dieron terminada la reunión por falta de éxito. Igualmente siguieron juntándose tres veces por semana durante un mes, en lo que más tarde fue llamado como el caso Matienzo.

Cada reunión fue más intensa, al principio terminaban muy cansandos y extremadamente sedientos hasta que en la última, Nicolás se cayó al suelo y quedo al menos cinco minutos inconsciente con los ojos desorbitados.

Luego de mucho insistir por parte de los cinco integrantes que rodeaban al joven, lograron incorporarlo y sentarlo en una silla.
- Nico, ¿Me escuchás? ¿Estás bien? ¿Qué te pasó?, preguntó el padre Juan Ignacio.
- Estoy bien, no sé que me pasó, estaba el señor Rapetti hablando cuando de pronto sentí que una luz muy fuerte me encandilaba y no me dejaba ver, y después me desperté en el piso.
- ¿Y qué sentís? Cuestionó el doctor Usingui.
- Sé que tengo que volver a encontrarme con Daniela.
- ¿Tenés forma de contactarla? Preguntó el cura.
- Eso espero, tengo el teléfono de la casa, espero que no se haya mudado.

Nicolás toma un teléfono que estaba sobre una mesita diminuta olvidada en un rincón del salón. Piensa el número y marca. Una voz de mujer contesta el teléfono.
- ¿Hola?
- Hola, soy Nicolás, ¿Cómo estás?
- ¿Nicolás? ¿Con quién querés hablar?
- Perdón, ¿No es la casa de Daniela?
- No, acá no.
- Ah, perdone, se ve que tengo mal el número.
- No está bien, Daniela no vive más acá, soy la hermana.
- Ah mucho gusto, yo soy un amigo de hace mucho tiempo y tenía este teléfono, ¿Me podés dar un número donde ubicarla?

Nicolás anota en un bloc de notas que se encuentra al lado del teléfono y corta. Disca nuevamente y se comunica con Daniela, le indica que es importantísimo que se vean y que le pase la dirección en donde ella vive que él pasaba de inmediato.
El joven cuelga el teléfono, respira profundo y va a prepararse al baño. Mientras tanto el resto de los presentes se miran sin deducir que era lo que estaba sucediendo. Nicolás retorna al salón esta vez con el pelo mojado y peinado y comenta que se está yendo a encontrarse con Daniela. El padre Juan Ignacio se para frente al muchacho y reza una pequeña plegaria, cuando termina realiza la señal de la cruz.

Cuarenta minutos después, Daniela está en la puerta de su casa, cuando ve acercarse a Nicolás con una gran sonrisa. Ella lo saluda fríamente sin esbozar gesto alguno. El joven sin mediar alguna palabra más posa su mano en donde se sitúa el corazón de la mujer y le dice:
- Estoy acá para que vuelvas a ser vos, esa chica que me hizo perder el sueño, esa de la cual me enamoré.
De pronto, Daniela empieza a temblar y una luz imperiosamente blanca brota de su cuerpo, una luz enceguecedora, que hace que Nicolás retire su mano del pecho de la joven para taparse los ojos.

Unos instantes después la luz se desvanece y con los ojos entrecerrados el muchacho observa que Daniela se encuentra tendida en el piso inconsciente. La reanima tomándola de los hombros. Ella abre los ojos y se encuentra con Nicolás que tiene los ojos llorosos por el momento increíble que está viviendo, le sonríe dulcemente y le dice: “Gracias Nico”.

El joven le da un pequeño beso, como concluyendo con el trabajo realizado. En ese mismo momento, de su mochila cae el dibujo que había realizado hace varios años atrás, lo toma y lo observa detenidamente, pero se da cuenta de que siempre lo había estado mirando al revés, lo voltea y lo que parecía una especie de reloj de arena era la figura de una mujer que estaba por ser atormentada por una masa oscura y triste. Una pequeña lágrima transita la mejilla de Nicolás.

Ambos jóvenes se sonríen, quedan sentados mirándose en la vereda.